lunes, 19 de septiembre de 2011




               SILVIO MATTONI












la cosa perdida



¿En dónde puse esa cosa perdida?
Un pulular de cuerpos en el aire
frío, ¿matinal? ¿Insectos o bacterias
o quizás papelitos picados con mensajes
que nadie puede ni quiere descifrar?
Falsos vestigios de un supuesto cuerpo
que siempre estuvo así; la dispersión
se muestra. ¿Qué cosa? No encuentro más
huellas, no más signos. Una pared
que habrá sido amarilla y se destiñe
surcada por líneas irregulares,
anómalas de tiempo… nada. Pregunto
por la incansable remisión, por el descuido
que me hizo olvidar de algo. Estoy
seguro de haberlo puesto en algún lado
que no es éste. Hace años que la busco,
¿una hoja de papel escrita, un libro
acaso? La escondí demasiado bien.
Esta mañana me pareció tenerla
en una cadena de once sonidos
que la rodeaban, pero no era más
que el recuerdo renovado, siempre
involuntariamente traído, de haberla
perdido alguna vez en una caja
o cajón, guardados en otras piezas
y en otros campos que no sé dónde están.








el primer impulso



Quisiera descuidarme de mí mismo
como la primera vez en que algo raro
me agarró de los pelos y me puse
a escribir, solo, sin ningún motivo.
Cuando reaccioné, había pasado
casi toda la tarde. En la calle
mis amigos se estaban despidiendo,
y me asomé al balcón, pero no quise
gritarles. Hacía poco, me habían
separado del coro del colegio
porque me abandonaba mi registro
de contralto. Empecé a estar absorto
contemplándome. ¿Qué era esa cosa,
ese murmullo incesante, quejumbroso
o felizmente escéptico, fluyendo
en mi cabeza apenas las acciones
se demoraban? La única forma
de parar eso era pinchar el tubo
y hacer correr la tinta hasta que el chorro
disminuía. Pero aquel rapto
en la siesta de un barrio silencioso
no vuelve ahora. El pensamiento impone
su red de frases, aunque aún espero
que la repetición no sea imposible.







deshacerse del cuerpo



El auto ronronea demasiado,
¿en camino hacia dónde? Voy
buscando con mi padre algún lugar
para dejar ese pequeño cuerpo
que traemos envuelto en una bolsa
de basura. Mis quince años de vida
no llegan a cinco de estar pensando
en mi voz, en mi encierrro. ¿Dolía
de verdad? Hablar era imposible y todo
tenía que ser escrito. Atrás el plástico
negro parece vibrar con las sacudidas
del viejo Citroën celeste. Estábamos
casi afuera de la ciudad, en el borde
que todavía no es campo. “Por acá
puede ser”, dice mi padre. Bajo
con la pala en la mano, él levanta
el cadáver canino que nunca, nunca
dejará de volver. El suelo
tiene fisuras que resisten, siguen
inamovibles ante la hoja de hierro
que levanta porciones mínimas de tierra.
¿Qué hacer? Seamos pragmáticos, abandonemos
cualquier idea de eternidad o historia:
lo único que existe nos afecta.
Mi padre avanza en el desierto gris
con una perra muerta que de pronto
rompe el nylon y cae. Puedo ver
sin enfocar, apenas por la esquina
de mi ojo, el hocico fláccido, una oreja
dada vuelta que muestra el interior rosado.
La pala ineficaz se mete al auto
como si nadie la hubiese empuñado.
¿Quién más estaba ese día de un entierro
fingido, inútil? “No les digamos a tu mamá
y a tu hermano que no pudimos…” Claro,
nunca podremos, la tierra es dura, morir
como un perro es una frase. ¿Qué descuido
invade con un yuyo la aridez y persiste
en la época seca? Algo se deja
en el lugar equivocado, ¿habrá otro
mejor alguna vez? Como si nada,
volvemos sin decir nada y me guardo
un vacío con forma de poema,
mientras el ruido del motor simula
en mi cabeza el arrullo que sentía
cuando apoyaba el oído en el lomo
palpitante de ese animal. Y ahora
trota en silencio atravesando pausas
muy prolongadas y parece
que hubiera aprendido a hablar. Me está diciendo:
“Cuidate del descuido, cuidá bien
tus palabras, tus actos, esto que ves
es todo lo que hay.” Ya en la casa,
las lágrimas copiosas de mi madre
hacen su poesía sin birome
y yo subo a mi pieza, a mi cuaderno.






motivos de casamiento



Ahora las cosas parecen dotadas
de una total ausencia de necesidad.
Mis abuelos se casan por descuido,
como suele decirse, embarazados
pero después la nena muere por tomar
leche mal conservada en la miseria
italiana de posguerra. Yo también
embaracé a Cecilia en una noche
cálida, aunque pensamos: mejor
decidirse y salir de aquella noria
con visitas pautadas y horas de soportar
sendas familias en vías de envejecer.
La espera se detuvo, sin causa, cuando
ya todo estaba listo. La casa, el casamiento
y la caja donde guardar un poema de luto.
La suerte se dio vuelta, nada en el mundo
podía separarnos. Lo generamos todo.
Mis padres se casaron por descuido
y yo nací. ¿Ganó la muerte 2 a 1?
Una palabra de más pone todo en peligro.
Escarbo en lo incumplido, en barro antiguo
para encontrar tesoros. Estos días
de primavera, cuando escucho los trinos
agudos de mis hijas que se ríen,
comprueban que no miento. Que el dolor
no reciba ninguna fe absoluta.






purgatorio



Una gota de amargura en el fondo
de la taza de loza que me trae
la imagen de un amigo descuidado.
Hoy quiere verme porque dejó salir
–sin querer, claro, no habrá sido un acto
de voluntad– pero al fin brotó
de su boca que vi pasar en diez
años de juvenil a consular un líquido
verde, como tinta. Mi existencia
le señalaba lo que él no podría nunca
llegar a hacer. Y ahora como un pagano
que escribió buenas frases, se lamenta
en el vestíbulo infernal. ¿Será cierto
que las obras te salvan? La amistad
no está en verse sino en querer siempre
el bien del otro. Lo quisiste demasiado,
pero vení y entremos al desierto gris
donde hablaremos de literatura, sin tocar
el tema que nos separa. Elegimos
guardar silencio buscando el nombre propio
de algún autor brillante que tiñera
el lado norte del cielo, entonces vimos
algo más que palabras, destruidas
junto a todos los restos del ultraje
imaginario, como después de un sueño
sigue en el cuerpo la emoción impresa
que ya no tiene causa ni figura,
era un color muy vivo, recobrado
de otra tarde invisible que volvía.









No hay comentarios:

Publicar un comentario